12.12.13

Enero estrenando Camilo

El día más feliz, sin duda. El jueves nos comunicamos con Julieta quien había subido la foto de Milo a BuscaFuska y con Gina Huerta, quien colaboraba en el Albergue de Alba en Huipulco para sacar a sus peques en adopción.
Milo en BuscaFuskaMilo en BuscaFuska 2Milo en BuscaFuska 3Milo en BuscaFuska 4
El viernes juntamos los papeles y fuimos por él. Fue maravilloso verlo por primera vez, todo inquieto, bien feliz, se acercó cuando lo llamé, se dejó acariciar y me dejó pasearlo. Albita quedó feliz, nos dijo que observaba la reacción de los iban a adoptar a sus perros, que muchos no los abrazaban ni los tocaban, que así le había pasado varias veces a Milo y por eso había pasado tanto tiempo en el albergue... ¡qué bueno! Era lo que tenía que pasar para que él y nosotros nos encontráramos y viviéramos felices mucho tiempo.

Después con mucha más calma nos enteramos de que Milo había sido encontrado en la Av. Miguel Ángel de Quevedo junto con su mamá y una hermanita, los demás peques habían muerto atropellados. Mi bebé había pasado más de un año en el albergue, siendo el consentido de Albita, mientras su hermanita y su mamá salieron pronto en adopción.
Los primeros días con Camilo fueron diferentes, mucho, este ser precioso nos cambió la vida.

Le tejí un suéter con mis propias patas.
Link original
Camilo y su primer suéter tejido a mano

Cada vez que nos despertábamos se nos aventaba a lengüetazos.

Y no podía dejar de tomarle fotos porque siempre se ve lindo.


Mi tía propuso crearle una página en Facebook


Luego convertí mi Instagram (y mi Facebook y mi Twitter y mi todo) en el del perro.


Y finalmente, la adopción de Camilo, me hizo comprometerme con los perros, con todos, absolutamente todos y creé la página de Sonrisas Caninas DF, para la difusión de adoptables, después para recolección de donativos y por último me animé a comenzar a rescatar, el inicio muy grande algo muy pequeño. Gracias, Camilo.


7.12.13

Pantufla

Así llegó Pantufla a la casa, en celo, sucia, flaca, con mordidas en el cuerpo, cicatrices en todos lados, incluido el corazón; había sufrido tanto que era incapaz de confiar en los humanos.
Mauricio y yo ya teníamos en mente recoger a otra perrita que vive en el parque porque su celo estaba próximo y no queríamos verla llena de cachorros en esta época tan fría, pero Pantufla se cruzó por nuestro camino antes. Ese domingo 17 de noviembre fuimos a la tienda en la noche y la vimos, nos llamó la atención por su carita bigotona y su color golondrino.
- ¿Es suyo el perrito, señor? -le pregunté al tendero.
- No, sólo se metió aquí.
- ¿Y sabe de quién es, de casualidad?
- Quién sabe, desde ayer está rondando por aquí.
Mi reacción fue volver la mirada a los ojos de Mauricio.
- Por favor, ¿podemos llevárnoslo? Por favor, por favor, está chiquito, por favor, anda, anda, anda...
- ¿Y la otra?
- La recogemos después, éste está pequeñito y hace mucho frío...
- Bueno... -y torció la cara como siempre la tuerce para decir "tú sabrás..."
Entonces intenté acariciarla y huyó para esconderse debajo de un anaquel de botanas; compramos medio kilo de croquetas para ofrecerle y ni así quiso acercársenos, seguramente se dio un festín ese día en el mercado callejero; Pantufla no quería irse por las buenas así que le dije a Mau, muy decidida:
- Dile a Nico que me traiga una correa.
Iván llegó con la correa y al ver a la preciosidad de perro intentó acariciarla, ella le tiró la mordida. La lacé y la llevamos prácticamente arrastrada a la casa, para subir las escaleras tuvimos que bajar la transportadora y meterla a la fuerza; al fin dentro del departamento intentó mordernos, atacar a Milo y a Frank y escaparse (casi salta por la ventana que da al patio de la vecina de abajo). Esa noche sólo Mauricio e Iván lograron acariciarla, a mí me odiaba sin importar lo que hiciera, supongo que fue porque la arrastré cuadra y media contra su voluntad.
El día siguiente fue inhábil y eso fue buen porque pude vigilar a la nueva, evitar que mordiera a mis cachorros y, lo mejor, ganarme su confianza. Frankie y Milo ayudaron mucho, cada vez que los acariciaba y les hablaba con cariño, ella miraba con incredulidad, al final logró convencerse de que yo no era tan mala.
Con mucho trabajo la arrastré al baño y la bañé, la sequé evitando sus mordidas y tuve que dejar que me masticara una mano para lograr cortarle los nudos con la otra. Luego de eso, como si se sintiera como alguien diferente al dejar atrás su mugre, su olor, sus nudos y sus pulgas, se regaló a mí y me dejó acariciarla, me hizo fiestas, me permitió cargarla y aprendió a volar del suelo a mis piernas para que siguiera consintiéndola.
Ese mismo día salimos a su primer paseo, Mauricio me advirtió que no la soltara en el parque porque ésta sí se iba a ir corriendo, pero yo ya sabía que no, ¿alguna vez han sentido el 'clic'? Pantufla y yo hicimos conexión, sabía que si la soltaba no se alejaría de mí y así fue. Cuando en el  parque se nos aparecía un perro grande atraído por el olor de la perrita, ella corría hacia mí y yo la cargaba como a un niño asustado; Frankie como muy soldadito, le ladraba a todo lo que se le acercaba a la nena sin importar su tamaño (lo que realmente empeoraba las cosas porque ella se asustaba más y porque además de cargar a Pantufla tenía que ir a defender a Frank cuando comenzaban a revolcarlo).





Los primeros días dormía en la sala, no sabemos exactamente dónde, también odiaba la transportadora y quedarse encerrada en ella, un día que no la cerramos bien se salió y permaneció suelta todo el tiempo que estuvimos fuera (así fue como descubrimos que no es destructora); con el tiempo y la confianza comenzó a subirse a la cama a la hora de dormir y a acercarse más a nosotros, cuando llegábamos las fiestas aumentaban y se volvió muy, muy melosa, nos saltaba a la silla para que la acariciáramos, provocando los celos de Camilo.
El jueves 21 la vacunaron contra la rabia en el parque y por ello me odió alrededor de 15 minutos, sin dejarse acariciar.
Ayer 6 de diciembre la esterilizaron y justo ahora está en recuperación, sigue un poco adolorida y no podrá salir a pasear en unos días, pero se ha conservado animada, en realidad no le importa no salir a pasear, es una faldera, le encanta estar donde estés.



Yo cada día me pongo un poco más triste porque de verdad he aprendido a querer a Pantufla. Sé que siempre es así, pero esta nena lleva tres semanas aquí y ya me resulta imposible pensar en el día que se vaya a una nueva casa; con mucho dolor programé la esterilización porque sé que ése es uno de los pasos para la búsqueda de hogar, con mucho dolor envié ayer un par de correos a algunos interesados, con mucho dolor la llevaré a un hogar de prueba algún día. Sé que es un mal necesario y que un pedacito de mi corazón se irá con la nena... pero es la única forma de poder seguir ayudando a más como ella, porque allá afuera hay muchas otras Pantuflas que ni siquiera se imaginan poder tener un día un hogar. 

16.11.13

El rescate de Sepia

Les contaré una historia que no es mía sólo porque no quiero verla perdida en el tiempo y en el olvido. Es de él, de Sepia, o Ulises, o quién sabe cuál otro nombre que tendrá en el camino.
Se trata de un perro dóberman, abandonado en una azotea por seres a los que resulta difícil llamar humanos; Sepia, a la intemperie, muriendo de hambre y sed, fue rescatado por dos personas que desde lejos se apiadaron de la cruel vida que llevaba. No diremos sus nombres, son héroes anónimos.
"Inventamos unas bombas de croquetas que le lanzábamos todos los días. Calentábamos las tortillas en el microondas, y cuando estaban suavecitas, hacíamos unas pelotitas de croquetas que le lanzábamos desde la azotea. Con el tiempo y la práctica logré que la bomba cayera justo en el espacio donde no había agua ni excremento".
Alguien les pasó el contacto de Karen Gallegos, mi amiga, que se dedica a rescatar animales de forma independiente para ponerlos después en adopción. Karen se animó a ir a conversar con los dueños de Sepia, como lo habían llamado los señores, pero las reacciones fueron inesperadas y agresivas.
Karen, quien visitó durante 4 días seguidos la casa, intentó que le regalaran al perro, si al fin y al cabo no lo querían, se negaron; intentó comprarlo, les ofreció 5 mil pesos, se negaron de forma violenta; buscó el auxilio de elementos de la Secretaría de Seguridad Pública que sólo se burlaron de ella e incluso consolaron a la "familia" del perro diciendo que eso no era un delito grave, que no se preocuparan; levantó una denuncia por maltrato animal en la delegación, donde también se rieron de ella; finalmente, buscó ayuda en las redes sociales hasta dar con Frecda, una asociación constituida de protección animal que contactó a la Brigada de Vigilancia Animal y coordinó un rescate.
Nos vimos hoy a las 3 de la tarde en el Museo del Automóvil en División del Norte. La BVA llevaba una camioneta y el equipo para rescatar a Sepia. Por parte de Frecda iban cuatro personas muy amables y experimentadas en el trato con dueños negligentes. Karen los guió hasta la casa, les señaló el lugar exacto y tuvimos que salir, prácticamente corriendo, pues, por experiencia, se sabe que los dueños negligentes de mascotas incrementan su agresividad si se topan de frente con quien los ha "molestado".
No sé, sinceramente, cuántas horas estuvimos en la esquina esperando a que las negociaciones terminaran. Aquellas personas no tenían más opción que entregar a la mascota o enfrentar una denuncia por maltrato animal, pero se seguían negando a permitir el acceso a la casa. Mediante una llamada nos informaron que habían accedido a entregar a Sepia si Karen retiraba la denuncia. Aceptó, el bienestar del pequeño era más importante que cualquier cosa.
La Brigada de Vigilancia Animal tuvo que ingresar, valientemente, por el techo,  pues se negaron a dejarlos pasar a la casa,  para bajar al animalito, que a pesar de ser tan grande se mostró dócil y agradecido. Los dueños salieron del callejón en busca de Karen y tuvimos que huir como si su inhumanidad fuera nuestra culpa.
Ya no pudimos ver a Sepia, Frecda lo llevó a un veterinario, le consiguió una madrina con un corazón enorme y le apodó Ulises, pero quisimos conservar este nombre, decirle Sepia porque era el que sus protectores a una azotea de distancia utilizaban tan comúnmente, con palabras tan llenas de amor que nos habría sido imposible decirle de otra forma. Nos refugiamos en casa de nuestros héroes anónimos.
Nos dieron café y fruta, nos contaron que casi habían decidido echarse para atrás porque los dueños del perrito los habían amenazado y les habían lanzado piedras. Nos contaron que también habían ofrecido en algunas ocasiones regalar bultos de comida para Sepia, incluso se habían ofrecido a subir a alimentarlo; nada funcionó.
Les platicamos del rescate, les platicamos a detalle cada cosa que pasó, les mostramos las fotos, lloraron de la emoción. Lamentaban mucho que Sepia no estuviera en nuestras manos porque se morían de ganas de acariciarlo, pero sirvió de consuelo saber que ya no estaría bajo la custodia de esos irresponsables.
Karen no lo dijo pero han de haber sido días difícil para ella, días de buscar ayuda, abogados, negociar con inconscientes, pasar horas levantando una denuncia, rechazar mordidas, soportar burlas, huir de agresores y dormir mal por la preocupación sobre el bienestar del perro, a veces la miro tan callada y bien portada que me parece increíble que sea tan guerrera cuando se trata de defender a los inocentes animales.
Nos agradecieron por todo cuando los verdaderos héroes aquí eran ellos; ni un sólo vecino del edificio, testigo del sufrimiento de Sepia se había atrevido a decir o hacer algo por él. Karen, Frecda y la Brigada de Vigilancia Animal realizaron la difusión y coordinaron el rescate, todos pusieron de su parte, pero nada habría sido posible sin su denuncia, su apoyo y su incondicional amor por un perro que nunca trataron, pero que se ganó su corazón.
"Me miraba con esos ojos y yo sabía que era bueno".
El mundo necesita más personas así. 





























15.5.13

Los lunes y los jueves


Cómo empieza uno a contar estas cosas. En los cuatro años que pasé en la Facultad de Filosofía y Letras, haciendo como que estudiaba Literaturas Hispánicas, he de confesar, me enamoré perdida y extrañamente de dos hombres que jamás se enteraron y a los que veía dos horas a la semana, siempre los mismos días, siempre a la misma hora. Sí, mis profes.
El primero no es un secreto, vamos, la mitad de la población femenina de la FFyL moría por Eduardo Casar, profesor de teoría literaria y literatura mexicana, escritor de novelas y poemas, conductor de un programa cultural y otras cosas… ¿un súper modelo? Para nada. Lo bello de Casar es el verbo, el sustantivo, el adverbio, el adjetivo y los otros complementos oracionales que salen de su boca.
En fin. El señor me daba teoría literaria los lunes de siete a nueve de la noche y era el único motivo que me hacía quedarme tan tarde en la facultad y volver a la casa sola, con miedo y frío. Esas dos horas sentada escuchándolo ya no sólo hablar de Wellek y Warren, sino de sus anécdotas, decir poemas, chistes (después descubrimos que sólo nos usaba para probar sus chistes y, si nosotros reíamos, los contaba al aire en el programa donde aparecía), valían cada segundo. Leí como jamás imaginé sobre hermenéutica sólo para participar alguna vez en clase; cuando no leía, simplemente me sentaba a observarlo, sin decir nada ni parpadear.
Creo que le caía bien; un día después de clase, me hizo plática en el pasillo porque en alguna sesión yo había externado mi consternación por el uso del término "campechano" y su verbización en "campechanear" en la capital, hablamos (y "hablamos" es un decir porque yo sólo me mantuve callada del pánico, con los ojos bien pelados y asintiendo) sobre mi tierra y cosas así; luego de eso morí un par de veces y me fui a mi casa emocionada como si hubiera capturado la plumilla de algún rockstar.
Otro día me contaron que me mencionó en el programa donde participa, cuando hicieron alusión a la palabra "campechano". Morí de nuevo, busqué ese programa por todos lados, pero jamás lo encontré. Tampoco viendo las repeticiones; a decir verdad, siempre me quedaba dormida cuando el programa iniciaba.
De repente, Eduardo Casar se tomó un año sabático y los lunes se vinieron a pique. Sólo me quedaron de él una novela que he leído dos veces y un libro de poemas con una dedicatoria ilegible. Cuando volvió a la facultad no fue lo mismo, yo ya no necesitaba cursar esa materia, así que me olvidé para siempre de que un día existió una clase de teoría literaria con el profesor más interesante de toda la carrera.
Ahora sólo lo tengo como un amigo con el que jamás interactúo en Facebook (espero que jamás leas esto, Eduardo Casar; si lo lees, piensa que no estoy tan loca como la chica que te dedicó un blog entero, ella te toma fotos en secreto y transcribe todo lo que tú dices en clases).
Quizás el otro caso sea un poquito más inesperado. ¿Alguien de entre mis tres lectores tomó alguna vez el taller de cuento o el seminario de cuento infantil en la FFyL con Mario Rey Perico? No. Ya sabía que no, cuando me tocó cursarlo éramos seis alumnos de los cuáles iban tres, no importaba, Mario Rey pasaba a todos.
Bueno, este señor es escritor de cuentos infantiles, amante de la teoría del cuento, de Hemingway y las culturas precolombinas, colombiano; de su vida no sé nada más que eso y que tenía un no sé qué que qué se yo en sus ojos, su acento y el timbre de su voz que me hacía llegar a su clase cada jueves  de ocho a diez de la mañana (ni ustedes están para saberlo ni yo estoy para decirlo, pero levantarme antes de la nueve era pecado para mí), sólo para contemplarlo.
Mario Rey era el equilibrio de los jueves para mi xenofobia latente.
La dinámica de la clase consistía en leer un poco de teoría (leímos a Hemingway, mucho Hemingway) y luego aventurarnos a escribir un cuento para que todos los criticaran "constructivamente". Jamás participé en esa clase, ni leí en voz alta a Hemingway, ni comenté los cuentos de mis compañeros y, por supuesto, nunca escribí nada, eso de escribir no es lo mío. Pero ahí estaba, cada jueves, escuchando a Mario Rey porque me gustaba hacerlo.
Como es mi costumbre, al final de las clases, mientras salía del salón, le daba las gracias al profesor y él me sonreía.

4.5.13

Palabras para Nico

Apenas caí en cuenta de que hoy es el cumpleaños número quince del menor de mis hermanos... quince. Increíble. Cuando pienso en todos ellos los recuerdo como la última vez que los vi antes de llegar a vivir al D.F. Mi hermanito, entonces, tenía diez años y una vocecita delgada. La verdadera última vez que lo vi fue hace un par de meses, me había rebasado en tamaño y tenía una voz gruesa y masculina... pero jamás pensé que hubiera pasado tanto tiempo.
No puedo evitar sentirme triste y arrepentirme un poco de la distancia en la que estoy presa; me lamento porque es uno de los seres que más quiero en el mundo y yo he estado lejos en esos años en que mutó como una oruga. Es quizás por eso que cuando lo recuerdo lo hago imaginándolo inconscientemente como un niño aún, al que le faltan años por crecer, años que me gustaría ver.
Hermano, si llegaste hasta este párrafo déjame decirte cosas que espero que ya tengas presentes: estoy muy orgullosa de ti, de la forma en la que has crecido (y no me refiero a los uno y tantos metros con los que ya me rebasaste, sino a la persona en la que te estás convirtiendo), en tus esfuerzos, muchos o pocos, por seguir adelante aunque el camino parezca muchas veces incierto y no sepas qué va a ser de tu vida o dónde estarás dentro de un tiempo. Felicidades por esos logros grandes y pequeños, por las olimpiadas de matemáticas, por subir el promedio, por hacer amigos y conseguir una novia (o algo parecido). Felicidades porque a tus quince años eres el hermano que muchos quisieran tener.
Hoy no hay nada que anhele más que verte aquí junto a mí, que poder estar más cerca de ti y acompañarnos en los años que nos faltan por crecer, porque creo que sería muy genial, que sería divertido, que aunque ninguno de los dos sea tan platicador podemos pasar las horas de las horas juntos y resulta agradable. Cruzo los dedos para que te quedes a vivir en la Ciudad de México, porque le darás un nuevo sentido a mi vida y porque las oportunidades para una mente brillante como la tuya son vastas aquí. Mauricio te espera porque eres un buen compañero de juegos y a Milo le gusta dormir sobre ti.
Me gustaría que comprendieras, Chino, que estos años son difíciles, que aunque siempre te dicen que la secundaria es la mejor etapa de la vida y que debes disfrutarla mucho, cuando creces, terminas una carrera, consigues un trabajo y logras mirar tu vida en retrospectiva, te das cuenta de que eso era mentira y que después de esos años horribles de la secundaria, donde fuimos feos, cabezones y granosos, vienen los verdaderos años maravillosos y disfrutables: la prepa, la universidad, la vida de verdad; el punto es que... yo que ya he pasado por todo eso, entiendo que esos años son difíciles, y te pido que lo entiendas también y te esfuerces para disfrutar realmente lo que viene después... haz la tarea (aunque algunas tareas sean muy tontas), obedece a los profes (aunque algunos profes sean muy tontos), esfuérzate por una buena calificación (aunque el hecho de ser medidos por un número es muy tonto), porque esas son las únicas formas de conseguir un mentado papel que te permitirá hacer las cosas que amas el resto de tu vida, y si ahora no lo entiendes, sólo créeme, es verdad.
Estoy muy ilusionada con que te vengas a vivir con nosotros, con que ahora seamos cinco los que vayamos de vacaciones a Campeche, con explotarte y ganar dinero a costa de tu gran cerebro, con salir a pasear los fines de semana, patear pelotas, jugar en línea, hacer una microcomunidad de Macheros y todas esas cosas. Por eso lo pido.
Finalmente, feliz cumpleaños, Chino, sabes que además del orgullo, las ilusiones y lo demás, te quiero mucho, muchísimo desde el día en que te conocí.

19.3.13

Yo no recuerdo nada

Yo no recuerdo nada
de la noche      no recuerdo nada
ni del día    ni de quiénes fuimos
ni de quiénes somos

     no sé si me estrujaste                  contra tu cuerpo
o si fue una ilusión

no sé si en tus brazos
cobijaste mi esperanza
   o si viste mis tristezas
si te fuiste o te quedaste


no recuerdo ni uno solo de tus besos
   ni esas manos
por mi espalda

ni el latido agitado
de un corazón culpable
de enamorarse      para después partir.

Por si aún no sabían...

Sé de buenas fuentes de un amigo que odia las crónicas de mi vida plasmadas en este blog (tú sabes quién eres) y me vale, así que pasaré a contarles cómo es que han sido tan felices los últimos 61 días de mi vida.

Un buen día... hace algunos meses, todo comenzó cuando me dio por joder a Mauricio con que quería un perro. Un perro porque amo a los animales (en especial a los que tienen pelo), porque recuerdo lo feliz que era con mi Linda y porque me sentía sola a veces, cuando ese hombre me abandonaba horas para ir a trabajar. 

Buscamos, un buen tiempo, en albergues de perritos abandonados (jamás nos cruzó por la cabeza comprar uno y pagarle a los explotadores de perros para que sigan haciendo eso), topándonos con montones de dificultades: entrevistas para conocer a los adoptantes, pláticas con toda la familia, ver si al perro le caías bien, entrar en una tómbola, ver si salías premiado de acuerdo a los últimos 3 dígitos del sorteo de los martes de la Lotería Nacional y tal... estuvimos a punto de desistir, hasta que, en un último intento, llamamos a un teléfono que nos encontramos por ahí, en una página llamada BuskaFuska, preguntando por un perrito llamado Milo.

Milo aún no había sido adoptado, así que comenzamos los trámites: un par de fotocopias, llenar la solicitud e ir por nuestro perro. El 18 de enero de 2013 a eso de las tres de la tarde, Mauricio y yo ya éramos una familia con perrijo.

Todo pasó demasiado rápido, ese mismo día bañamos al beibi y le acondicionamos un espacio para que hiciera sus necesidades y otro para que durmiera. Los días siguientes fueron de consentirlo, educarlo, llevarlo al veterinario, hacerle un corte de pelo, sacarlo a pasear y apapacharlo; se lo merecía después del tiempo que pasó en la calle y olvidado en un albergue sólo porque era pardito y feo.

Dos meses después, nuestro Milo es un perro muy diferente a aquel que llegó cabizbajo y asustadizo; ahora es un emperador, consentido, que ya no quiere dormir si no es en la cama, que te salta a los brazos para que lo cargues y que no te hace caso a menos de que sea por conveniencia, un perro completamente diferentes que se sabe y siente amado, que es apachurrado en todo momento, al que le hablamos, sacamos a jugar y queremos como si hubiéramos pasado muchos años con él.

Lo amaremos para siempre, hasta el fin de sus días o los nuestros, incondicionalmente, porque así es su amor por nosotros.