8.10.16

El hámster

En esa ocasión habían comprado dos pequeños hámsters para mi primo Mateo, de 7 años. Eran tan pequeños y blancos que parecían ratones árabes en lugar de hámsters y yo estaba sospechando que nos dieron gato por liebre. Siempre me han gustado los roedores con esa piel suavecita y esas patitas que hacen cosquillas, así que me dispuse a jugar un rato con ellos. Entonces uno se me cayó de las manos y salió corriendo; se escapó y sabía, por experiencias anteriores, que no iba a poder encontrarlo, menos siendo tan chiquito.

Para evitar el desconsuelo de Mateo, fui a la primera tienda de mascotas que encontré a comprar un hámster de repuesto (vamos, nadie lo notaría). El lugar era horrible. En pequeñas peceras había montones de animalitos, grandes y pequeños, algunos medio vivos, otros medio muertos; una rata blanca con tan sólo media cabeza era comida por sus compañeras de celda. No sé si por fortuna o por desgracia no vi la pecera de los hámsters y tuve que preguntar por ella; el que parecía el dueño del lugar le pidió a otro sujeto que estaba ahí que fuera a la bodega por un hámster, y yo esperaba con todo el corazón que en la bodega los animales estuvieran en mejores condiciones. Olvidé especificar que tenía que ser blanco, pero a esas alturas lo único que quería era salir de ahí con un animal sin importar el color.

El encargado regresó con un pedacito de rama que tenía un bloque de hielo de forma irregular en una punta, me lo ofreció.
— ¿Qué es —pregunté confundida.
— Ah —respondió el dueño—, tu hámster. Tienes que descongelarlo y revive.

Lo tomé, lo miré con atención y me di cuenta de que tenía pico.
— Esto es un pájaro. Tiene pico —dije.
— ¡Eres un idiota! —le gritó el dueño al chalán que se encogió del miedo. ¡Trae un hámster, rápido!

Cuando el encargado por fin volvió, me entregó otra rama con otro bloque de hielo un tanto más grande que el anterior que esta vez tomé sin dudar. El dueño me lo quitó de las manos mientras preparaba los treinta pesos para pagarle.
— Éste tiene dos cabezas. Cuesta 15 mil pesos —me dijo mientras lo observaba detenidamente.
— No tengo 15 mil pesos. Sólo quiero un hámster con una cabeza. Y blanco —dije preocupada porque sólo llevaba treinta pesos.
— ¿Tenemos? —preguntó el dueño al empleado que se apresuró a mover la cabeza aun asustado para negarlo. Entonces llévate éste —me dijo mientras extendía una mano con desinterés para darme al animal y estiraba la otra para arrebatarme mi dinero.


Cuando llegué a casa con mi hámster de dos cabezas congelado, lo asenté en un pedazo de periódico a esperar que se descongelara. No dudé ni un segundo de que realmente fuera a revivir. Cuando por fin lo hizo, lo tomé entre las manos y empecé a ver un pelaje amarillo suave y húmedo moviéndose; dos cabezas de pato asomaron entre el hielo e intentaron morderme los dedos; a pesar del susto, y la preocupación porque no era un hámster y tendría que seguir buscando, lo sostuve fuerte para evitar que se escapara, pero aun así logró saltar y salir corriendo a la calle. Corrí tras él, pero un coche le pasó encima dejándolo tirado justo en frente de mi casa. No me quise acercar mucho a verlo, pero parecía estar muerto; con resignación, me di la vuelta y caminé hacia mi puerta. Antes de entrar eché un último vistazo y, en la oscuridad de las 7 de la noche, vi al pato de dos cabezas levantarse poco a poco y empezar a caminar con dificultad, cual zombi, hacia mí.

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