10.10.15

Voltea

Voy a paso apresurado al metro División del Norte, son las 8 de la noche. Tras doblar una esquina, cruzo la mirada con un tipo joven, alto, fornido y de sonrisa amable (esto último lo descubriría después). Sigo mi camino pero puedo sentir sus pasos detrás de mí. Cuando llego a la taquilla libre doy un paso atrás para buscar en los bolsillos amplios de mi pantalón el cambio exacto, como es mi costumbre, para deshacerme de él y no cargar más monedas; le digo a la persona que estás formada tras de mí que pase, me voy a tardar en eso. Es él. 
Compra dos boletos y mientras yo terminaba de contar mis cinco pesos, los parte y me extiende uno.
— Ten. 
Levanto la vista y agradezco. Descubro su sonrisa amable. Se da la vuelta y camina con toda seguridad muy por delante de mí. Tomamos el mismo camino mientras pienso en lo extraño del evento y saco el teléfono para escribir al respecto, ¿lo ha hecho de buena fe?
Él continúa caminando seguro unos cuatro o cinco metros por delante de mí, lo voy mirando. Cuando termina de subir las escaleras, que yo apenas iba a empezar, voltea. Se da cuenta de que lo estoy siguiendo. 

31.7.15

Nótese cómo tiemblan

Tengo que confesar dos cosas. La primera es que siempre tuve miedo: de que pasara algo entre nosotros y de que no funcionara, de ilusionarme e ir demasiado rápido, de que tú fueras demasiado rápido; también al pensar que me estabas probando, examinando, reparando en todas y cada una de mis faltas, de mis errores de mis complejos. La segunda es que aunque tenía miedo y lo decía, en realidad no era tanto, aunque temía que esto avanzara también quería que pasara, también quería que de un día para otro la felicidad se presentara en mi puerta y me sonriera como tú me sonreías.
No sé si hoy mis temores son mayores o menores. No sé si he perdido el miedo a perderte. No sé si te irás de nuevo. No sé nada. Estoy perdida. Pero. Al mismo tiempo. Estoy contigo. Intentándolo. Y eso me hace sentir tranquila.
No quiero ver florecer nunca en mi cabeza aquella semilla de la inseguridad infinita. Quiero que me prometas, sin decirlo que estarás ahí, para mí, que una parte de ti, de tus pensamientos, me pertenece, que puedo soñar y que puedo volar sin temor a caer. Pero. Mientras tanto. Me quedo aquí. Un pequeño paso atrás. Antes del sí, antes de admitir que quiero estar contigo mucho tiempo más. Nótese cómo tiemblan estas palabras.

2.7.15

Aunque no te esté mirando

Ahora que estás frente a mí
y que te miro con estos mis ojos
que buscan en ti una luz que calme
mi desasosiego,
ahora que tengo la certeza 
de que te miraría aunque
no te estuviera mirando
y de que aunque ciego me quede
este par de ojos que perdí 
te seguirían a todos lados,
ahora, justo ahora necesito pedirte algo:

No olvides, jamás, por favor,
que estamos profundamente enamorados
y que eso te da el derecho
de pensarme a la hora que quieras,
de apretar fuerte mi mano,
de besarme bajo la lluvia
(o bajo el sol
o bajo la luna,
bajo las nubes,
bajo la rama de un árbol,
o bajo protesta de decir verdad),
de estrujarme entre tus brazos
como si la vida se nos fuera,
porque se nos va a cada segundo
y de nada sirve estar amándonos tanto
si olvidamos que este amor
nos confiere el poder de vencer
las barreras del tiempo y el espacio
para detenernos en el preciso instante en que
con los ojos cerrados te miro,
aunque no te esté mirando. 

29.6.15

En las faldas

Hoy he visto la manera en que centrabas ese par de ojos que tienes en la cara en las faldas de mis pantalones. Cual gato curioso has acercado la mano para tocar mis piernas. No sé si lo haces porque de verdad te encanta o si lo haces porque notas que de verdad me molesta. Quizás te gusta verme retorcerme o quizás te gusta poner a prueba mi seguridad.
Es que no tocas mis muslos que más o menos tienen carne, tocas mis tobillos delgados y juegas a subir por mis pantorrillas, me acaricias a contrapelo mientras muevo las piernas para que dejes de hacerlo.
Jamás he visto tu cara mientras doy de pataletas. Hoy sólo he visto tu par de ojos, que a veces parecen tan lejanos y que ahora mismo me parece que no volveré a ver jamás, centrados en las faldas de mis pantalones con esas ganas de acariciar. 

28.5.15

Adiós de mayo

Me voy con la mitad
de las ganas de quedarme
y un montón de ganas de cuidarte. 
Me voy porque lo has pedido. 

Me voy de
todas las ganas
y los dolores todos,
de los buenos días,
las buenas noches,
los cómo estás,
los te quiero todos,
de las preocupaciones
y las alegrías
que me causabas,

porque necesito
tiempo y espacio
para entender,
para olvidar
que fui feliz
sólo porque quería,
y porque quería
di tanto cuando
mi costumbre hasta hoy
fue nunca dar nada. 

Me voy de mirar atrás,
a vivir en paz,
a que vivas en paz,
a que no te acuerdes,
ni me acuerde de
las ganas,
los dolores todos,
los buenos días,
las buenas noches,
los cómo estás,
los te quiero todos,
las alegrías
y las preocupaciones.

Te dejo ahí encerrado
en ese lugar oscuro
en el que quise hacerte
un poco de compañía.

14.5.15

Par de ojos claros

Eres promesa de todas horas,
par de ojos claros tan ilegibles
(hay tanto arte en un mirada),
ya casi un año y sigues jugando a no irte.

6.2.15

Donde nace el sarmiento

¿Qué hay sobre los abuelos? Son las personas más importantes en nuestras historias, no sólo porque gracias a ellos y a algunas casualidades de la vida hoy estamos aquí, sino porque saben entregar a sus nietos de manera incondicional el poco o mucho amor que la vida les ha dado.
Mis abuelos son también mis padres, así que puedo decir que no sólo tengo mamá y papá, sino que tengo dos padres (papá y mi abuelo Chetín); tres madres (mamá, mi abuelita Soco, mi abuelita Elvia... en realidad son más... mi tía Chary, mi tía Day, mi tía María Aurora y tantas personas que han sabido darme consuelo, consejo y cariño cuando me sentí indefensa y pequeña).

En esta foto, mi abuelita Yoya, a la que conocí cinco años de mi vida y cuyos recuerdos se mezclan con una niebla espesa. Tantas de esas memorias no me pertenecen, han pasado de boca en boca, han sido contadas montones de veces porque forman parte de nuestra identidad como familia; porque, cual cantar épico, nuestra identidad se cimienta en una matriarca de sangre Sarmiento, sangre espesa como el vino, sangre capaz, sangre de lucha, sangre que aguanta.
Recuerdo cuando abuelita Yoya mandaba a mi papá a comprarle su Coca Cola y él, con el poder que le confería ser mi padre, me mandaba a mí, pero por una Cristal Negra para jugarle una broma a mi abuelita. La recuerdo en aquel cuartito que olía a suavidad siempre con su pelo blanco como blanco su pecho por el talco. No la recuerdo el día que mi papá, después del kinder, pasó en coche por nosotros, cuando siempre iba caminando o en bicicleta, y con mucha seriedad nos dijo "vamos a ver a tu abuelita Yoya", antes de ir hacia la funeraria.
Por azares de género y el destino perdí el apellido, pero me sigo sintiendo como aquel brote de la vida, tan delgada, tan blanda, tan flexible, tan necesaria para que la planta siga dando frutos. Entonces sé que ninguno de los esfuerzos de esa vid fue en vano.