15.5.13

Los lunes y los jueves


Cómo empieza uno a contar estas cosas. En los cuatro años que pasé en la Facultad de Filosofía y Letras, haciendo como que estudiaba Literaturas Hispánicas, he de confesar, me enamoré perdida y extrañamente de dos hombres que jamás se enteraron y a los que veía dos horas a la semana, siempre los mismos días, siempre a la misma hora. Sí, mis profes.
El primero no es un secreto, vamos, la mitad de la población femenina de la FFyL moría por Eduardo Casar, profesor de teoría literaria y literatura mexicana, escritor de novelas y poemas, conductor de un programa cultural y otras cosas… ¿un súper modelo? Para nada. Lo bello de Casar es el verbo, el sustantivo, el adverbio, el adjetivo y los otros complementos oracionales que salen de su boca.
En fin. El señor me daba teoría literaria los lunes de siete a nueve de la noche y era el único motivo que me hacía quedarme tan tarde en la facultad y volver a la casa sola, con miedo y frío. Esas dos horas sentada escuchándolo ya no sólo hablar de Wellek y Warren, sino de sus anécdotas, decir poemas, chistes (después descubrimos que sólo nos usaba para probar sus chistes y, si nosotros reíamos, los contaba al aire en el programa donde aparecía), valían cada segundo. Leí como jamás imaginé sobre hermenéutica sólo para participar alguna vez en clase; cuando no leía, simplemente me sentaba a observarlo, sin decir nada ni parpadear.
Creo que le caía bien; un día después de clase, me hizo plática en el pasillo porque en alguna sesión yo había externado mi consternación por el uso del término "campechano" y su verbización en "campechanear" en la capital, hablamos (y "hablamos" es un decir porque yo sólo me mantuve callada del pánico, con los ojos bien pelados y asintiendo) sobre mi tierra y cosas así; luego de eso morí un par de veces y me fui a mi casa emocionada como si hubiera capturado la plumilla de algún rockstar.
Otro día me contaron que me mencionó en el programa donde participa, cuando hicieron alusión a la palabra "campechano". Morí de nuevo, busqué ese programa por todos lados, pero jamás lo encontré. Tampoco viendo las repeticiones; a decir verdad, siempre me quedaba dormida cuando el programa iniciaba.
De repente, Eduardo Casar se tomó un año sabático y los lunes se vinieron a pique. Sólo me quedaron de él una novela que he leído dos veces y un libro de poemas con una dedicatoria ilegible. Cuando volvió a la facultad no fue lo mismo, yo ya no necesitaba cursar esa materia, así que me olvidé para siempre de que un día existió una clase de teoría literaria con el profesor más interesante de toda la carrera.
Ahora sólo lo tengo como un amigo con el que jamás interactúo en Facebook (espero que jamás leas esto, Eduardo Casar; si lo lees, piensa que no estoy tan loca como la chica que te dedicó un blog entero, ella te toma fotos en secreto y transcribe todo lo que tú dices en clases).
Quizás el otro caso sea un poquito más inesperado. ¿Alguien de entre mis tres lectores tomó alguna vez el taller de cuento o el seminario de cuento infantil en la FFyL con Mario Rey Perico? No. Ya sabía que no, cuando me tocó cursarlo éramos seis alumnos de los cuáles iban tres, no importaba, Mario Rey pasaba a todos.
Bueno, este señor es escritor de cuentos infantiles, amante de la teoría del cuento, de Hemingway y las culturas precolombinas, colombiano; de su vida no sé nada más que eso y que tenía un no sé qué que qué se yo en sus ojos, su acento y el timbre de su voz que me hacía llegar a su clase cada jueves  de ocho a diez de la mañana (ni ustedes están para saberlo ni yo estoy para decirlo, pero levantarme antes de la nueve era pecado para mí), sólo para contemplarlo.
Mario Rey era el equilibrio de los jueves para mi xenofobia latente.
La dinámica de la clase consistía en leer un poco de teoría (leímos a Hemingway, mucho Hemingway) y luego aventurarnos a escribir un cuento para que todos los criticaran "constructivamente". Jamás participé en esa clase, ni leí en voz alta a Hemingway, ni comenté los cuentos de mis compañeros y, por supuesto, nunca escribí nada, eso de escribir no es lo mío. Pero ahí estaba, cada jueves, escuchando a Mario Rey porque me gustaba hacerlo.
Como es mi costumbre, al final de las clases, mientras salía del salón, le daba las gracias al profesor y él me sonreía.

4.5.13

Palabras para Nico

Apenas caí en cuenta de que hoy es el cumpleaños número quince del menor de mis hermanos... quince. Increíble. Cuando pienso en todos ellos los recuerdo como la última vez que los vi antes de llegar a vivir al D.F. Mi hermanito, entonces, tenía diez años y una vocecita delgada. La verdadera última vez que lo vi fue hace un par de meses, me había rebasado en tamaño y tenía una voz gruesa y masculina... pero jamás pensé que hubiera pasado tanto tiempo.
No puedo evitar sentirme triste y arrepentirme un poco de la distancia en la que estoy presa; me lamento porque es uno de los seres que más quiero en el mundo y yo he estado lejos en esos años en que mutó como una oruga. Es quizás por eso que cuando lo recuerdo lo hago imaginándolo inconscientemente como un niño aún, al que le faltan años por crecer, años que me gustaría ver.
Hermano, si llegaste hasta este párrafo déjame decirte cosas que espero que ya tengas presentes: estoy muy orgullosa de ti, de la forma en la que has crecido (y no me refiero a los uno y tantos metros con los que ya me rebasaste, sino a la persona en la que te estás convirtiendo), en tus esfuerzos, muchos o pocos, por seguir adelante aunque el camino parezca muchas veces incierto y no sepas qué va a ser de tu vida o dónde estarás dentro de un tiempo. Felicidades por esos logros grandes y pequeños, por las olimpiadas de matemáticas, por subir el promedio, por hacer amigos y conseguir una novia (o algo parecido). Felicidades porque a tus quince años eres el hermano que muchos quisieran tener.
Hoy no hay nada que anhele más que verte aquí junto a mí, que poder estar más cerca de ti y acompañarnos en los años que nos faltan por crecer, porque creo que sería muy genial, que sería divertido, que aunque ninguno de los dos sea tan platicador podemos pasar las horas de las horas juntos y resulta agradable. Cruzo los dedos para que te quedes a vivir en la Ciudad de México, porque le darás un nuevo sentido a mi vida y porque las oportunidades para una mente brillante como la tuya son vastas aquí. Mauricio te espera porque eres un buen compañero de juegos y a Milo le gusta dormir sobre ti.
Me gustaría que comprendieras, Chino, que estos años son difíciles, que aunque siempre te dicen que la secundaria es la mejor etapa de la vida y que debes disfrutarla mucho, cuando creces, terminas una carrera, consigues un trabajo y logras mirar tu vida en retrospectiva, te das cuenta de que eso era mentira y que después de esos años horribles de la secundaria, donde fuimos feos, cabezones y granosos, vienen los verdaderos años maravillosos y disfrutables: la prepa, la universidad, la vida de verdad; el punto es que... yo que ya he pasado por todo eso, entiendo que esos años son difíciles, y te pido que lo entiendas también y te esfuerces para disfrutar realmente lo que viene después... haz la tarea (aunque algunas tareas sean muy tontas), obedece a los profes (aunque algunos profes sean muy tontos), esfuérzate por una buena calificación (aunque el hecho de ser medidos por un número es muy tonto), porque esas son las únicas formas de conseguir un mentado papel que te permitirá hacer las cosas que amas el resto de tu vida, y si ahora no lo entiendes, sólo créeme, es verdad.
Estoy muy ilusionada con que te vengas a vivir con nosotros, con que ahora seamos cinco los que vayamos de vacaciones a Campeche, con explotarte y ganar dinero a costa de tu gran cerebro, con salir a pasear los fines de semana, patear pelotas, jugar en línea, hacer una microcomunidad de Macheros y todas esas cosas. Por eso lo pido.
Finalmente, feliz cumpleaños, Chino, sabes que además del orgullo, las ilusiones y lo demás, te quiero mucho, muchísimo desde el día en que te conocí.