19.3.13

Yo no recuerdo nada

Yo no recuerdo nada
de la noche      no recuerdo nada
ni del día    ni de quiénes fuimos
ni de quiénes somos

     no sé si me estrujaste                  contra tu cuerpo
o si fue una ilusión

no sé si en tus brazos
cobijaste mi esperanza
   o si viste mis tristezas
si te fuiste o te quedaste


no recuerdo ni uno solo de tus besos
   ni esas manos
por mi espalda

ni el latido agitado
de un corazón culpable
de enamorarse      para después partir.

Por si aún no sabían...

Sé de buenas fuentes de un amigo que odia las crónicas de mi vida plasmadas en este blog (tú sabes quién eres) y me vale, así que pasaré a contarles cómo es que han sido tan felices los últimos 61 días de mi vida.

Un buen día... hace algunos meses, todo comenzó cuando me dio por joder a Mauricio con que quería un perro. Un perro porque amo a los animales (en especial a los que tienen pelo), porque recuerdo lo feliz que era con mi Linda y porque me sentía sola a veces, cuando ese hombre me abandonaba horas para ir a trabajar. 

Buscamos, un buen tiempo, en albergues de perritos abandonados (jamás nos cruzó por la cabeza comprar uno y pagarle a los explotadores de perros para que sigan haciendo eso), topándonos con montones de dificultades: entrevistas para conocer a los adoptantes, pláticas con toda la familia, ver si al perro le caías bien, entrar en una tómbola, ver si salías premiado de acuerdo a los últimos 3 dígitos del sorteo de los martes de la Lotería Nacional y tal... estuvimos a punto de desistir, hasta que, en un último intento, llamamos a un teléfono que nos encontramos por ahí, en una página llamada BuskaFuska, preguntando por un perrito llamado Milo.

Milo aún no había sido adoptado, así que comenzamos los trámites: un par de fotocopias, llenar la solicitud e ir por nuestro perro. El 18 de enero de 2013 a eso de las tres de la tarde, Mauricio y yo ya éramos una familia con perrijo.

Todo pasó demasiado rápido, ese mismo día bañamos al beibi y le acondicionamos un espacio para que hiciera sus necesidades y otro para que durmiera. Los días siguientes fueron de consentirlo, educarlo, llevarlo al veterinario, hacerle un corte de pelo, sacarlo a pasear y apapacharlo; se lo merecía después del tiempo que pasó en la calle y olvidado en un albergue sólo porque era pardito y feo.

Dos meses después, nuestro Milo es un perro muy diferente a aquel que llegó cabizbajo y asustadizo; ahora es un emperador, consentido, que ya no quiere dormir si no es en la cama, que te salta a los brazos para que lo cargues y que no te hace caso a menos de que sea por conveniencia, un perro completamente diferentes que se sabe y siente amado, que es apachurrado en todo momento, al que le hablamos, sacamos a jugar y queremos como si hubiéramos pasado muchos años con él.

Lo amaremos para siempre, hasta el fin de sus días o los nuestros, incondicionalmente, porque así es su amor por nosotros.